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La meritocracia al poder

“El actual gobierno es un gobierno de clase”, reza un artículo en un matutino dominical en referencia a la presidencia de Mauricio Macri. Y es justamente a partir de las vinculaciones de su familia con la clase alta argentina que se desata el recorrido que describe La educación de la clase alta argentina. Entre la herencia y el mérito.

“Se desata” porque uno de los primeros obstáculos a la hora de realizar un estudio acerca de la educación de los sectores dominantes en nuestro país fue establecer un recorte de esa categoría. Aun cuando, allá por 2005, nada parecía prever un gobierno del PRO, las discusiones en torno a si Franco Macri pertenecía o no a la clase alta despertaron el interés por conocer a un grupo social ampliamente reconocido en el sentido común de los argentinos y por documentar las fronteras porosas e inestables de la clase alta en nuestro país.

Mediante el análisis de las trayectorias educativas de tres generaciones dentro de las grandes familias, el trabajo indaga acerca de los modos en que la educación participa de la formación de ese grupo social. Tomar por objeto a un grupo de familias que a partir de la herencia material y simbólica condensada detrás de sus apellidos -es decir, no a partir de un status susceptible de ser elegido, ni de una competencia abierta a todos- disputan la pertenencia a un grupo superior y privilegiado dentro de nuestra sociedad, volvía más relevante la pregunta sobre la educación. Si a lo largo de la historia argentina, la escuela fue vista como el gran igualador a partir del cual, trascendiendo cualquier origen social, todos los ciudadanos podían acceder a una movilidad social ascendente, indagar acerca de qué hace la educación por este grupo se volvía un interrogante aún más ineludible.

El recorrido se inicia con la documentación de los modos en que los entrevistados disputan la legitimidad de pertenecer a la clase alta argentina y desde qué posiciones lo hacen. Es decir, el trabajo que realizan por imponer una definición particular de la misma. Surge así que la clase alta está integrada por determinadas familias. El apellido es el primer signo que marca la pertenencia o no a este grupo social. Las grandes familias disputan su legitimidad a partir de su vinculación con la gran propiedad agropecuaria, con una particular lectura de la historia argentina y con su antigüedad en el país: llegaron antes de las inmigraciones masivas e “hicieron la patria”.

Los entrevistados sostienen además que la riqueza material no garantizaría el acceso a la clase. Tener dinero es admirado y tolerado sólo si viene asociado a una “pureza moral”: es decir, si el capital económico se “ennoblece” mediante actividades filantrópicas, se practica “la austeridad” como criterio de distinción y se conservan vínculos con el Estado que permitan “contribuir con la sociedad”.

El uso de la metáfora del parentesco como criterio de legitimación se ve disputado por otro principio de distinción social: la exigencia meritocrática

Las trayectorias de las familias tradicionales muestran que el uso de la metáfora del parentesco como criterio de legitimación se ve disputado por otro principio de distinción social: la exigencia meritocrática. Las grandes familias siempre se han visto imposibilitadas de construir una casta de nobles cuyos privilegios se sustentan exclusivamente en el nacimiento. Si a principios de siglo el mérito se relacionaba con una actuación destacada en la construcción de la historia nacional, es decir con los “patricios”, a partir de la segunda mitad del siglo XX los cambios en la economía capitalista obligaron a los “terratenientes” a reconvertirse en “profesionales”.

La demanda de “profesionalizarse en un mundo que se volvió más competitivo” crea un contexto renovado desde el cual disputar posiciones de privilegio. Al mismo tiempo, expresa la recomposición de la clase alta de acuerdo a las nuevas exigencias del modelo de acumulación y a la redefinición de los principios de distinción social. Por supuesto, esa recomposición no fue llevada a cabo con éxito por todos sus miembros. Quienes hoy conjugan una red familiar reconocida -que funciona como sostén y legitimación de sus posiciones sociales- con la lógica individual del “hacerse a sí mismo”, logran renovar sus principios de distinción apoyados en la legitimidad que brinda la racionalidad hegemónica asociada al esfuerzo individual y producir una separación de prerrogativas heredadas.

La retórica de la meritocracia -que se corresponde con el ideal de sociedad abierta que caracteriza a las democracias- adquiere en nuestro país características y matices propios. Estos asoman cuando se analizan los sentidos que adquiere la educación para la clase alta y el modo en que sus experiencias formativas participan de la formación de las familias tradicionales. En primer lugar, el mérito no es entendido en términos de acceso a títulos escolares. No se habla de una meritocracia que delega en la escuela el privilegio de la selección de la elite, aun cuando estos sectores van a la universidad y están altamente calificados. La distinción pasa por detentar recursos que no pueden ser adquiridos por todos en el mundo de la escuela.

Las condiciones que hicieron posible la construcción de criterios de distinción irreductibles al mundo escolar deben rastrearse en la configuración del sistema educativo. En la Argentina, no se estructuró un sistema de formación de las elites como en otros países. La matriz republicana e igualitaria de nuestro país lo impedía. Sin embargo, las clases altas conformaron un espacio de instituciones propias que, mediante la cuidadosa selección de sus alumnos, garantiza una socialización “entre nos”. La creación de sus propias escuelas puede entenderse en el mismo sentido. En la disputa por construir un espacio propio de formación dentro del sistema educativo, la clase alta se benefició de la mirada permisiva de las políticas de Estado y de la transferencia a la libre competencia de la definición de un espacio de socialización “conocido y familiar”.

Pero es importante señalar que si el Estado nunca buscó evitar la conformación de esos espacios, tampoco los certificó. Es decir que el Estado argentino no participa deliberadamente, como en otros países, de la formación de las elites. La fluidez, la experiencia igualitaria y la falta de sólidas y perdurables nociones de jerarquía, rasgos más emblemáticos de nuestra sociedad, fueron la condición de posibilidad del fracaso de las reformas elitistas.

Como consecuencia, no es posible definir en nuestro país una elite de acuerdo a criterios asociados a la meritocracia escolar. En primer lugar, al no haber instituciones de elite creadas por el Estado, no hay una institucionalización y certificación de esas credenciales. Por otra parte, la fluidez de nuestra sociedad -que permitió el ascenso social mediante la educación- hace que las familias tradicionales deban distinguirse de aquellos que acceden a una posición social encumbrada por la vía de las credenciales educativas. La distinción pasa por la posibilidad de acceder “al club de los elegidos: el primer signo de pertenecer es el colegio al que vas”. Ante el acceso igualitario a la escuela común (y la masificación) del sistema educativo, la clase alta se cierra sobre algunas instituciones que dan el acceso a redes y a relaciones valiosas cara a cara. Se establece una separación entre distinción social y acceso a credenciales educativas. Esa disociación construye una jerarquía que no puede reducirse al mundo escolar, donde otros sectores consiguen los mismos créditos. La diferenciación pasa por construir un circuito de escuelas que da acceso a capitales sociales y simbólicos que jerarquizan y distinguen.

La lucha entre las distintas fracciones de la clase dominante en el campo económico también se hace presente -a través de diversas mediaciones y apropiaciones- en los procesos educativos. En oposición a “la burguesía más pujante” que educa a sus hijos en escuelas bilingües –mayormente inglesas- con una fuerte apuesta al “conocimiento” y a la “excelencia”, la clase alta disputa su legitimidad desde la supuesta superioridad moral que les da asistir a instituciones que se caracterizan por “formar en valores” . La exclusividad no se deriva del costo restrictivo de sus cuotas, ni del capital escolar que otorgan., sino

Esta particularidad es propia del caso argentino. La escuela ejerce el poder de nominación de las grandes familias a través de la inclusión de los sujetos en una red de relaciones que construye al grupo social y que los jerarquiza a partir de clasificaciones morales. A diferencia de Europa, donde -como notó Weber y profundizó Bourdieu- existe un ideal de hombre cultivado que reposa sobre el reconocimiento implícito de cierta superioridad cultural de las elites sobre las masas, la clase alta argentina se distingue por ser “moralmente superior” en tanto es sencilla y no hace alarde de su riqueza. Las escuelas que eligen y los consagran contribuyen a profundizar esta creencia al formar a sus hijos como “personas familiares”, “con valores”.

La homogeneidad social en las primeras líneas del gobierno da cuenta de los modos en que se reconfiguran algunas trayectorias para continuar disputando y legitimando posiciones de poder

La educación de la clase alta argentina se terminó de escribir mucho antes de las elecciones del 2015. Sin embargo, quien busque pistas para comprender la coyuntura actual podrá entrever cómo estos sectores volvieron a interesarse por la política partidaria. También por qué es posible encontrar una abrumadora presencia de “amigos del colegio” entre los miembros del elenco gobernante. Esos colegios privados se han caracterizado a lo largo de su historia, no por pretender una educación de excelencia, sino por ser espacios de socialización para los hijos de las clases altas argentinas.

Igualmente, el trabajo arroja pistas para dilucidar cómo se construye la trama de relaciones de confianza que se observa entre ministros, secretarios y subsecretarios del gabinete actual a partir de estrechos lazos de parentesco. La fuerte homogeneidad social en las primeras líneas del gobierno da cuenta de los modos en que se reconfiguran algunas trayectorias dentro de los sectores más acomodados de nuestra sociedad para continuar disputando y legitimando posiciones de poder. También, indefectiblemente, se presenta la inquietud acerca de cómo logrará un grupo cuyas experiencias formativas se circunscriben a espacios de socialización exclusivos y restringidos, atender a las necesidades de una población que siempre estuvo en los confines de su experiencia social.

* Antropóloga, autora de La educación de la clase alta argentina. Entre la herencia y el mérito, Siglo XXI Editores, 2016.

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